San Vicente Mártir de Latacunga: La Ciudad del cristal amanecida

 

Hay cierta audacia privativa en describir las ciudades, por lo general se convierte en el punto de partida de la mayoría de hechos narrativos. La ciudad ocupa el primer plano, es la protagonista. Suceden cosas siempre, por ello contar sobre Latacunga también resulta un ejercicio detectivesco, inmiscuirse intríngulis en sus calles resulta menos apático; ese laberinto te lleva al abandono, a perderse entre sus gentes porque las muchedumbres en este caso no existen. Ausente, indómita, pero colosal al fin; una ciudad que tirita en sus escarchas el cristal de sus ventanas.

La construcción de las ciudades comunicantes se deben estrictamente a un sólo gesto natural, narrarlas. El hecho real de escribirlo refiere uno en particular la de contar las cosas a riesgo del olvido, la ficción o el anhelo. Una sola sentencia "no se puede amar aquello que no se conoce".En su centro histórico la ciudad se despereza con el trajín de un sábado, entre la calle Guayaquil, al final, y la calle Quito está la Plaza de la Independencia y el Templo de Santo Domingo, a pocos pasos una suerte de cafetería, ahí mismo puedes acompañarte si así pareciera a conversar; pero más bien caminar por sus calles mientras lentamente el sol se posa en mitad del cielo y el bronce del filántropo Vicente León, en su centro, testifica silente el paso del tiempo.

Los escenarios son invisibles, imperceptibles para el ojo humano, ciudad camaleónica. El transeúnte, en este caso quien describe y cuenta hace de Caín, de Heródoto, de Ulises, de Mefistófeles, al mismo tiempo de exiliado, es decir, de alguien que ha regresado sin contar el tiempo fuera; la mayor parte de sus generaciones despidió a patriarcados que salieron de la ciudad hacia la capital en busca de oportunidades.

ORÍGENES.- En el principio era el verbo, siempre fue así incluso en la constitución de las ciudades; a ésta en particular se la nombra y existe. Nada puede ser dejado al azar pero viven ciudades admirables que dirigen la palabra a los escritores que la aman, a sus personajes y, por consiguiente a sus lectores.

Por: Miguelángel Rengifo Robayo. | Leer más...