Rodrigo Campaña Escobar: La excavación íntima de arqueólogo lector de Vargas Llosa

 

Ubica sus huesos sobre una silla roída por el estridente sonar de una Olivetti que insistente palpita sobre una hoja en blanco, las teclas musicalizan las sentencias, obsesivamente sabe de memoria la rigurosidad de una vasija, de un Dios enclenque y roto horneado en barro de hace unos 500 años Antes de Cristo y diferencia bien el pliegue de un cuenco que data de estas culturas habitadas en lo que hoy llamamos Latacunga, tierra de Mitimaes, Cotopaxi, de los Panzaleos, de los Caras, de los Colorados.

Rodrigo Campaña Escobar examina el paso de sus años, y me advierte que todavía vive, esa afirmación la siento tras largas conversaciones y complicidades con las que he reconocido sin vulgaridades el aprecio de la amistad. Conocido cariñosamente por sus amigos desde su infancia y adolescencia como el Conejo, nació por Santo Domingo en el centro de Latacunga el 1 de octubre de 1922.En una ciudad inicial, a falta de dotes y argumentos para definirla, asfixiante argumento para seguir escribiendo. El escenario debe leerse nuevamente con la aprensión y reconocimiento de lo que somos, la cultura central y común, en definitiva toda la cultura ecuatoriana debe reconocerse en su médula cultural. Relecturas necesarias sobre las identidades, la relación geográfica, mitad imaginaria, inventada, y vinculada al universo.

Trabajó como docente escolar durante 35 años, siendo profesor en periodos mínimos y prolongados en algunas entidades educativas de la provincia, inició en la escuela Manuel Salcedo y se jubiló siendo Director de la Escuela de niños Dr. Isidro Ayora. Los ojos crispados develan en Rodrigo Campaña la misma fascinación ante el cuestionamiento inicial de cómo nació esa afición por la investigación y la arqueología. Mi padre - dice Rodrigo-, Alfonso Campaña Silva, en esos entonces se ofició en una obra trascendental que fue la canalización de la ciudad de Latacunga, la captación del agua potable, yo lo acompañaba enancado en su caballo, uno de esos viajes me sorprendí en una de las zanjas donde se hizo un descubrimiento de vestigios de barro, y le pregunté a mi padre que ¿qué era aquello? Y él me dijo que eran unos pedazos de ollas incas. No me satisfizo la respuesta.

Este acontecimiento me marco para siempre, me llamaba la atención la frecuencia de esos hallazgos que se hacían en esos trabajos, yo me cogía esos trocitos de cerámica y me embolsicaba, llegaba a casa y mi mamá, Rosa Elvira Escobar, me retaba, me reprendía porque le dañaba con los pedazos de barro los bolsillos de la ropa.

Por: Miguelándel Rengifo Robayo. | Leer más...