La humanidad vuelve a mirar a la Luna con objetivos concretos. Esta semana, la NASA inició el traslado del gigantesco cohete Space Launch System (SLS) y la cápsula Orión hacia la plataforma de lanzamiento del Centro Espacial Kennedy, en Florida.
El recorrido, que toma cerca de 12 horas, no es solo logístico: simboliza el inicio formal de una nueva era de exploración espacial tripulada. La misión Artemis II, prevista para despegar el 6 de febrero, será la primera misión con astronautas que se adentre en la vecindad lunar desde el histórico Apolo 17, en diciembre de 1972. Aquel vuelo cerró abruptamente la etapa de los alunizajes, en un contexto marcado por recortes presupuestarios, tensiones políticas y un cambio de prioridades en plena Guerra Fría. Entre 1969 y 1972, el programa Apolo permitió seis alunizajes tripulados y convirtió a la Luna en un escenario real de la ambición humana. Sin embargo, tras el Apolo 17, ningún ser humano volvió a superar la órbita terrestre baja. Durante más de cinco décadas, la exploración espacial tripulada se concentró en estaciones orbitales como la ISS, dejando pendiente el regreso al espacio profundo.
Artemis —nombre de la diosa lunar en la mitología griega y hermana de Apolo— no es casual. El programa busca retomar aquel legado, pero con una visión distinta: sostenibilidad, cooperación internacional y preparación para misiones aún más lejanas, como Marte. No se trata solo de “volver”, sino de aprender a quedarse. A bordo de Artemis II viajarán cuatro astronautas: el comandante Reid Wiseman, el piloto Víctor Glover, la ingeniera Christina Koch y el canadiense Jeremy Hansen. Ellos serán los primeros humanos en abandonar la órbita terrestre desde hace más de medio siglo, un hito que los coloca en la misma línea histórica que los astronautas del Apolo, aunque con tecnologías radicalmente distintas.
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Es clave subrayarlo: Artemis II no alunizará. La misión realizará un sobrevuelo y una órbita alrededor de la Luna para poner a prueba los sistemas de soporte vital, navegación y comunicaciones en condiciones de espacio profundo. En otras palabras, será el ensayo general antes del verdadero regreso al polvo lunar.
El cohete SLS, el más potente jamás construido por la NASA, y la cápsula Orión representan décadas de desarrollo tecnológico. Su diseño está pensado para misiones de larga duración y para transportar humanos más allá de lo que permitió la tecnología del siglo XX, con estándares de seguridad mucho más exigentes. El éxito de Artemis II es un requisito indispensable para Artemis III, la misión que tiene como objetivo volver a posar astronautas sobre la superficie lunar, algo previsto —si el calendario y los presupuestos lo permiten— para no antes de 2027. Esta vez, la promesa incluye llevar a la primera mujer y a la primera persona no blanca a la Luna, un reflejo de los cambios sociales y científicos del siglo XXI.
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Más allá del impacto simbólico, el regreso a la Luna tiene implicaciones estratégicas. Estados Unidos y sus socios buscan establecer una presencia sostenida en órbita lunar y en la superficie, en un contexto de creciente competencia espacial con potencias como China, que también tiene planes avanzados para misiones lunares tripuladas.
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