La palabra “Armagedón” vuelve a sonar, no solo en las páginas del Apocalipsis, sino en titulares y redes sociales que anuncian ensayos militares como si fueran el fin de los tiempos. En la zona de Megido, al noroeste de Israel, la tensión se mezcla con la simbología bíblica y la geopolítica real. Los misiles, drones y subsónicos cruzan el cielo, y las cúpulas de hierro responden con precisión selectiva: muertes a la carta.
Lo curioso es que esta vez no se trató de una guerra total, sino de un ejercicio militar de doce días, auspiciado por potencias armamentistas en busca de más compradores para sus “juguetes bélicos”. Un simulacro con fuegos artificiales letales, diseñado para mostrar músculo y, de paso, abrir la puerta a nuevos contratos millonarios.
“Camarón que se duerme, amanece hecho ceviche”.
Edison L. Romero
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La sensación de amenaza global no es nueva. Como bien dice un viejo refrán popular, “el sacristán ha visto envejecer al cura, el cura al cabo y el cabo al sacristán”, y todos han terminado igual: bajo el sol, esperando que algo cambie. Entre la incertidumbre política y el miedo fabricado, las generaciones mayores respiran aliviadas si ya lograron jubilarse antes de las reformas.
Hoy, los debates y temores se trasladan a plataformas digitales, donde los “influencers”, podcasters y creadores de contenido marcan la agenda. La conversación sobre el fin del mundo ya no se da en plazas o parques, sino en transmisiones en vivo y cadenas de WhatsApp. La ansiedad se alimenta de titulares dramáticos y videos virales que mezclan opinión, sátira y desinformación.
“El verdadero Armagedón es olvidar el sentido común”.
Aun así, el humor y la fe siguen siendo refugios. Entre misiles y noticias alarmantes, muchos todavía rezan a sus vírgenes, santos o creencias personales, pidiendo paz para los inocentes atrapados en conflictos ajenos. Otros, simplemente, procuran no parecer un combatiente perdido por su barba o vestimenta, evitando confusiones en un clima tan tenso.
Mientras tanto, la vida sigue con sus obligaciones ineludibles, como cambiar pañales a un nieto o asistir a una misa matutina. Pequeñas tareas que recuerdan que, a pesar del ruido global, la vida cotidiana continúa. Porque, en el fondo, “la vida es bella”, aunque se vista de sobresaltos y titulares de fin del mundo.
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