El orden democrático se asemeja al diseño anatómico del cuerpo humano. En esa estructura jerárquica, la cabeza corresponde al presidente, mientras que los demás órganos —autoridades gubernamentales, seccionales o departamentales— cumplen funciones específicas para mantener la armonía del conjunto. Sin embargo, en el caso que nos atañe, la alcaldía de la ciudad cotopaxense de Pujilí, padece una acefalía visible, paradójica y degradante, tanto para sus ciudadanos como para los funcionarios impagos. A ello se suma la paralización de obras y la ruptura de la gestión con las entidades del gobierno central.
No es esa la pregunta esencial. La verdadera premisa es aquella sentencia inmortal: “La mujer del César no solo debe ser honesta, sino también parecerlo.” Los equívocos de los votantes radican precisamente en esos requiebros y torceduras que nublan nuestra visión política, seducidos por los cantos de sirena de filibusteros y piratas que merodean las distintas instancias del poder. No solo Pujilí padece esta dolencia: la patria entera arrastra el mismo mal endémico.
La duda, independientemente de quién tenga la razón o a quién los jueces se la otorguen, ya se ha convertido en un vicio corrosivo, capaz de hacer vacilar al más ingenuo de los ciudadanos. ¿Que la duda ofende? ¡Por supuesto que ofende! Y lo hace con crudeza, tanto a los agraviados como a los agraviantes.
Quilotoa en el corazón de los Andes [Documental]
Nos hemos habituado a los dimes y diretes, a las ofensas mutuas y a la búsqueda obsesiva del “rabo de paja” ajeno, como una forma enfermiza de aniquilación y victimización colectiva.
Hoy más que nunca, la equidad y la calma deben primar entre los beligerantes. Es momento de rogar a “Diosito” que ilumine a los magistrados, para que, con base en pruebas y verdades, se manifiesten conforme a derecho, “sin amilanarse”, como decía el alma bendita del presidente Jaime Roldós.
“La mujer del César no solo debe ser honesta, sino también parecerlo”.
Pujilí espera y desespera ante la inacción de la ley. El veredicto debe darse ya. Una ciudad —cualquiera que sea, en cualquier rincón del país— merece respeto y consideración.
Que la verdad y, sobre todo, la justicia, brillen nuevamente sobre este terruño cotopaxense, que hoy clama, dolido, por recuperar su cabeza.
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