Desde siempre, en el imaginario de este servidor existió un norte: escribir, hablar, escuchar y reflexionar; pero, sobre todo, perseguir verdades y desfacer entuertos. Por ello, los referentes del quehacer comunicativo y del aprendizaje fueron las radios que, desde la anciana Europa, transmitían su eco por la onda corta. La BBC de Londres, Radio Nederland de Holanda, RTI Italiana y Radio Televisión Española llenaban mente y espíritu con mensajes que forjaron una conciencia comprometida con el bienestar social, la ética y la eterna búsqueda de esa verdad efímera —o de las múltiples verdades humanas— que se escapan entre las manos del tiempo.
Hoy, en medio de la crisis institucional que sacude a la BBC —paladín del periodismo centrado, mesurado y ético, tan flemático como la identidad inglesa misma—, se tambalean los cimientos de la credibilidad. A lo largo de décadas, la cadena defendió con dignidad los intereses de la sociedad británica como cuerpo y conciencia colectiva, resistiendo los vaivenes de gobiernos y primeros ministros que, con recelo o respeto, comprendieron la importancia de su independencia editorial.
Pero el golpe actual no solo hiere a la BBC, sino a toda la estructura de los medios públicos del mundo. El modelo de comunicación equitativo y de valores compartidos se convierte, una vez más, en ruleta rusa. La caída de una institución emblemática pone en tela de juicio la solidez del periodismo público, dejando al descubierto las grietas por donde se filtra la manipulación del poder.
Periodismo en la era digital [Reportaje]
Un desliz —humano o no— bastó para abrir la puerta al control de las narrativas. Las posverdades organizadas que huelen a viejos totalitarismos y nacionalismos disfrazados se regocijan con la debacle. Las estrategias mediáticas, amparadas por el capital, desequilibran incluso a las instituciones más ecuánimes y de sana razón.
La ética, esa dama de rostro cansado, parece haber muerto. Solo nos queda la resistencia individual: la de quienes aún creen en la palabra, en la honestidad del oficio, en los jirones de moral que nos atan al tejido social. Cada frase, cada término, debe ser pronunciado con respeto y pensado con la razón crítica del comunicador que analiza, interpreta y contextualiza sin mutilar significados.
“El dinero compra la verdad; la mentira se convierte en doctrina política; el odio, en estrategia. Las contradicciones se multiplican, y cada quien deberá decidir en qué andarivel de la historia colocará sus pasos”.
Mientras asistimos al obituario de la libertad de expresión, aún queda esperanza. El cerebro, el cuerpo y el alma del ser humano —con su leve e inquebrantable esencia— seguirán buscando la verdad, aquella que ya no será líquida, sino sólida y luminosa en la memoria de los hombres justos.
Nos vemos en la siguiente opinión.
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