Mamita decía: “dime con quién andas y te diré quién eres”; “las malas juntas te llevan al fracaso”; “no por mucho madrugar amanece más temprano”. Refranes que moldearon, con el paso de los años, la ética y la moral de vida de este sexagenario, y que hoy invitan a pensar sobre el ejercicio del poder en cualquier organización política.
Ante los momentos de tensión y desencuentro que vive el país en distintos frentes políticos, conviene analizar con serenidad los hechos recientes. ¿Quién busca dividir? ¿Quién obtiene beneficio de las fracturas internas? ¿Son casuales ciertas reuniones entre autoridades que representan intereses distintos?
Una frase difundida desde el exterior —“Si esto se acepta, soy yo el que está demás”— ha tenido repercusión pública por su contundencia. Más allá del personaje que la pronuncia, plantea un debate profundo: la importancia de la lealtad, la coherencia y la claridad de principios en la vida política. Sin estos pilares, cualquier proyecto —sea de izquierda, derecha o centro— se debilita y se abre a conflictos internos.
Edison Romero.
Periodismo en la era digital [Reportaje]
También surge la preocupación de que actores externos aprovechen momentos de desgaste para promover divisiones, un fenómeno común en la historia política de muchos países. Siempre existen figuras dispuestas a negociar principios por ventajas momentáneas, cargos o favores.
Las ansias de poder, los celos y los egos excesivos son enemigos frecuentes de las organizaciones políticas. De allí la importancia de sostener valores básicos —lealtad, honestidad, convicción— que no deberían ser patrimonio de una sola corriente, sino aspiración democrática de toda la sociedad.
El recuerdo de antiguas traiciones y rupturas, de uno u otro bando, refuerza la necesidad de consolidar liderazgos genuinos, con vocación de servicio y compromiso real con el país. Cualquier organización política necesita renovar cuadros capaces, íntegros y responsables, no figuras movidas únicamente por intereses personales.
Es legítimo que existan aspiraciones políticas, pero la forma de alcanzarlas importa tanto como los resultados. Saltarse procesos internos o buscar atajos erosiona la confianza y debilita las estructuras que sostienen la vida democrática. Las disculpas o rectificaciones públicas deben acompañarse de hechos coherentes. La convivencia institucional es necesaria, pero no puede confundirse con alianzas ambiguas o contradicciones ideológicas que desconcierten a la ciudadanía.
En lo interno, como en casa, toca revisar con claridad qué elementos fortalecen un proyecto y cuáles lo debilitan. Se trata de elegir, entre tantas “papas”, cuáles son las sanas para preparar un locro que alcance para todos y todas, sin exclusiones y sin engaños.
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