En los tiempos idos que se los llevó Cronos, el taita Dios del tiempo, los habitantes de Quito, mezclados entre capariches, longos grandes y chiquitos, runas, warmis, chagras y una pléyade de pueblo enfervorizado, vivaba a la Franciscana ciudad al compás de la serenata y al unísono gritaba: ¡Qué Viva Quito!... entonces la fiesta se prendía y el canelazo cundía por doquier.
Pero ahora, quiere… me acabo de enterar por el chisme de Doña Flora –el periódico de mi viejo barrio del Tejar– que ahora no hay; no habrá, porque falta de plata y que un tal SERCOP no quiere, ¿qué será?…
Todavía con algunos viejos sabemos entonar el santo del Quintana, el romántico Quito Mío y el Chulla Quiteño, ya que nos permite sacar hasta los diablos del zapateado festivo.
Edison Romero.
Periodismo en la era digital [Reportaje]
Así es que mis chullitas, no se pongan verdes ni morados, el festejo de la capital debe ser como Dios manda. Total la plata no lo es todo, tenemos la mejor ciudad que escondida en la Ronda, todavía ronda el padre Almeida.
En la Plaza Grande, ese gallo que no es cualquier gallo –el de San Francisco– deambula el diablo que fue mareado por Cantuña.
Para variar hay conventos e iglesias a montones, tantas como la fe de los habitantes del terruño de Espejo que invita al amparo de la cruz para ser libérrimos.
Pero en la fiesta todos tienen que olvidar que cada uno es cada cual y hay que embanderar la ciudad con esmero, porque siempre este chagra vio lo hermoso del pueblo sencillo, alegre, cordial y empático como es el pueblo quiteño:
“Quito de los Shyris, Quito que el Incario soñó, porque te hizo Atahualpa y también porque España te amo”. ¡QUÉ VIVA QUITO!
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