Una crónica local
Un cielo nublado cubre la ciudad de Tulcán, sin embargo, el ambiente se siente cálido, presagiando que el sol se abrirá paso a medida que avance el día. Mientras tanto, las personas se desplazan por las calles con paso tranquilo; algunas visten traje formal y otras llevan ropa casual. Todos dispuestos a enfrentar una nueva jornada de trabajo.
Entre la multitud, Yajaira Mejía, una mujer de 54 años, estatura pequeña, complexión robusta y piel trigueña, se prepara para empezar su jornada como betunera, oficio que aprendió desde pequeña junto a sus seis hermanas gracias a los conocimientos impartidos por su padre. “Si le pone empeño en 15 días ya aprende esta labor” asegura. Antes de iniciar su labor, eleva un agradecimiento a Dios, un acto sencillo que le brinda fortaleza para afrontar la jornada.
“SI LE PONE EMPEÑO EN 15 DÍAS YA APRENDE ESTA LABOR”
El reloj marca las 8:30 a.m. y Yajaira empieza a organizar su lugar de trabajo, un amplio sillón con espaldar, cajones y un espacio para reposar los pies que serán lustrados. Dentro de dichos cajones reposan baserolas, cepillos, guaipes y tintas de diversos colores (azul, rojo, negro, blanco, amarillo y café); son las herramientas de trabajo.
Junto al sillón, reposa un carrito con variedad de dulces: “con la venta de los caramelitos se saca para cualquier cosita” afirma. Además, asegura que no hay días buenos, todos son iguales y que en el mejor de los casos, pueden conseguir 4 dólares por día.
Son 33 años en los que Yajaira forma parte del Sindicato de Betuneros 13 de Junio de la ciudad de Tulcán, mismo que lleva constituido 65 años y que establece el precio de cada lustrada. El pasado miércoles 7 de enero, mediante los medios de comunicación locales, informaron que, para este año, el precio de cada lustrada será de 0,75 centavos. La decisión de alzar el precio se fundamenta en el aumento del costo de los productos utilizados para lustrar (baserola 5,50$, tinta 1,50$, cepillo 5$).
“Siga siga limpiamos” dice mientras esboza una sonrisa que contagia, misma que mantiene durante toda su jornada. La vida le ha golpeado muy fuerte, cuando era pequeña sufrió un accidente que le impidió continuar con sus estudios, luego sacó adelante a seis hijos como madre soltera, por lo que desempeñó tres trabajos a la vez: de ayudante de cocina, de lavandera y de betunera, “no me alcanzaba para darles el estudio a todos por eso empezaron a trabajar desde pequeños” menciona.
Son las 10:30 a.m., y llegan su madre y hermana, quienes además son compañeras de trabajo. Yajaira les brinda café, huevo cocinado y pan; mientras se sirven conversan sobre el alza de precio de la lustrada de zapatos y recalcan que algunas personas se quejan y afirman que está muy costoso, mientras otras aseguran que es el precio justo por lo que hacen y los materiales que utilizan en la labor.
“Buenos días, por favor me lustra los zapatos por favor”, menciona un señor alto, de contextura delgada y piel trigueña. “Claro con mucho gusto” dice Yajaira mientras prepara los materiales. Primero saca el polvo a los zapatos, luego les pone tinta y la seca, posteriormente unta la baserola y termina con el cepillado. Este es el proceso que realiza a los 4 clientes que llegan durante el día, tardándose aproximadamente 5 minutos en cada uno.
Pie de Foto: El caso de Waris
Cuando el reloj marca las 13.00 p.m., Yajaira saca una mochila, en el interior reposan envases de plástico que contienen el almuerzo para ella, su madre y su hermana. “Como las tengo bien arropadas, la comida esta tibiecita” asegura. Este particular lo lleva realizando desde que la comida que compraba en un centro de ayuda, le hizo daño; además, recalca que el precio del almuerzo es muy costoso para lo que ella gana cada día, por eso prefiere preparar en casa y llevar.
Las principales afectaciones para la salud que este oficio causa son entre otros, dolores en la columna. Yajaira menciona que es porque permanece mucho tiempo agachada: “A veces me siento en el sillón que es para los clientes y el dolor me pasa”, dice mientras sonríe de forma genuina.
Al finalizar la tarde, Yajaira completa una jornada que se repite día tras día, desde las 8:00 a.m., hasta las 17:00 p.m., sin pausas ni privilegios. Su labor se convierte en un acto de resistencia cotidiana, donde cada lustrada es también una lección de dignidad, constancia y gratitud, como reflejo de una mujer que, pese a las adversidades, sigue de pie con firmeza y esperanza en su oficio.
Pie de foto: Carrito de caramelos de Yajaira
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